viernes, 4 de abril de 2008

Las despedidas son esos dolores dulces

Fin del partido. El Jugador terminó extenuado y triste. Su frustración debordó a borbotones y su angustia llenó de lágrimas a los hinchas, que aún lloran por una derrota inevitable.

El Jugador, ídolo de domingos y autor de las más lindas genialidades técnicas, dejó el alma en la cancha. Agotó todos los recursos para cambiar el destino de ese fatídico encuentro y, así, quedar en la historia. Pero lamentablemente, después de padecer los últimos minutos más dolorosos de su carrera, no pudo vencer los ataques de un rival amenzante, duro y tenaz.

El Jugador no posaba sólo sobre la verde gramilla. El Jugador, capitán en las buenas y en las malas, tenía un equipo que lo acompañaba siempre, también en las buenas y en las malas.

Sin embargo, en ese decisivo cotejo, el equipo se derrumbó en nervios y se acobijó en la calma del Jugador, que ya anticipaba un resultado desfavorable. El triunfo, entonces, quedó en poder de un maligno conjunto visitante, tramposo en el juego e infractor constante.

Cuando el árbitro, vestido de blanco, anunció el desenlace los hinchas fueron testigos del momento más triste de sus circunstancias experimentadas: el retiro del Jugador, la despedida del gran capitán, aquél que les diera las alegrías más hermosas del mundo.

El Jugador levantó sus manos, recorrió con su mirada todas las tribunas y aplaudió incansablemente. El estadio se desplomó a sus pies y la esfera repartida en gajos se perdió en sueños lejanos. Luego, El Jugador sonrió, se metió en el túnel y nunca más lo vieron. Fin de la felicidad.

En términos futbolísticos, así fue mi abuelo Antonio Gentile en la vida: un verdadero luchador, ídolo incomparable, el capitán que todos queremos tener en nuestro equipo, inteligente por naturaleza, ése que sabe cómo salir de situaciones difíciles, ése que es una buena persona y, principalmente, ése que te hace sonreir cuando todo parecía perdido.

El resto del equipo, que en este caso somos sus hijos, su esposa, sus hermanos y sus nietos, está sumamente orgulloso de él y lo recordará con mucho cariño. Para siempre.

¡Gracias por la magia, campeón!

Y al maldito cáncer, el rival que nos dejó sin el jugador más desequilibrante de la cancha, le dejamos el siguiente mensaje: "Algún día tendremos revancha".

Por Pablo Medina

4 comentarios:

Devo dijo...

MUY BIEN EXPLICADO, ME ENCANTO

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SALUDOS

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Salar dijo...

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Anónimo dijo...

Hola Pablo, ¿cómo estás?, espero que bien. Bueno, la razón de mi mail es para decirte que leí en tu blog el texto que le dedicaste a tu abuelo y me pareció muy hermoso. Sinceramente me emocionó mucho. Se lo leí a mi mamá y a Daniela y a ellas también les gusto.
Espero nos veamos pronto Sin más palabras me despido. Besos

Lud