jueves, 24 de enero de 2008

Informe especial

Los Gálvez, eternos emblemas del TC

Durante estos primeros 70 años del Turismo Carretera han surgido pilotos de enorme calidad que dejaron su sello y que marcaron épocas inolvidables. Los hermanos Oscar y Juan Gálvez no fueron la excepción, ya que escribieron unas de las páginas más brillantes del automovilismo argentino y lograron, además, entrar en los corazones de la gente.

La vida empieza a rodar. El 17 de agosto de 1913 Marcelino Gálvez y María Rafaela Orlando disfrutaban del nacimiento de su hijo Aguilucho, mientras que el 14 de febrero de 1916 le daban la bienvenida a un nuevo integrante de la familia, Juancito. A los pequeños los esperaba un futuro lleno de gloria.

El amor por los fierros desde la infancia. El taller mecánico de don Marcelino era, al principio, un lugar de diversiones amables e inocentes para los niños. Pero de a poco, éstos se fueron apasionando por los fierros. Oscar, quien no se destacaba por ser un buen estudiante, empezó a encontrar paulatinamente su verdadera vocación. Y a los 12 años se convirtió en la mano derecha de su padre.

Una gran dupla. Los Gálvez formaron una admirable sociedad tanto en lo comercial como en lo deportivo. Juntos abrieron un local en San Martín y Galicia, y de manera progresiva adquirieron autos para arreglarlos y reparar sus piezas dañadas. Incluso hasta se animaron a probar nuevas soluciones. Y no les fue mal.

La llegada al TC. Aguilucho, siempre acompañado por su hermano menor, no tardó mucho tiempo en dar el paso inicial en la categoría número uno de Argentina. El sueño se le hizo realidad, al mando de una cupé Ford 35 con el número 58 en sus puertas, en el Gran Premio del 1937.
En tanto, su primer triunfo se dio en el GP de 1939, suspendida por lluvia. Finalmente esa competencia se disputó en dos tramos y con escasos días de diferencia entre uno y otro. Aún así, Oscar se adjudicó los dos, el de Buenos Aires-Concordia y el GP Extraordinario, con trayecto de Córdoba a La Plata.
Aquella carrera marcaría un hito en la historia del automovilismo nacional e internacional, ya que se produjo el debut de uno de los pilotos más importantes del mundo, Juan Manuel Fangio.

La emancipación. Juan fue interiorizándose en el ambiente de las cuatro ruedas a través de su función de mecánico y, asimismo, de acompañante. Sin embargo, después de un accidente sufrido en Lima (Perú) durante el GP del Sur en el ’40, decidió independizarse y tomó su propio volante en las Mil Millas Argentinas del ’41, donde resultó segundo detrás de Fangio, infalible con su chevy.
Y a partir de entonces fue modelando su grandeza en duelos que tuvieron como principal adversario al balcarceño, quien más tarde se convertiría en quíntuple campeón de la Fórmula 1. En consecuencia, la rivalidad ya había comenzado a ganar a los aficionados: de un lado, Ford; del otro, Chevrolet. En otras palabras, los hinchas de los Gálvez y los seguidores de Fangio.
No obstante, más allá de lo que sucedía en los polvorientos caminos, Juan y Oscar establecieron con el Chueco una duradera amistad.

La interrupción. El pujante TC se silenció a principios de la década del ‘40: el racionamiento de combustible durante la Segunda Guerra Mundial obligó a la suspensión de las carreras entre 1942 y 1947.

El regreso. Luego de una prolongada inactividad oficial, los hermanos empezaron a imponer su poder y su contundencia en el mundo teceísta.

Solidaridad familiar. Juan era bastante esquivo, y más aún comparándolo con el verborrágico e inquieto de Oscar, quien a pesar de algunos cimbronazos lo ayudó en situaciones adversas como cuando resignó su victoria en la mítica Buenos Aires-Caracas de 1948, tras asistirlo.
A muy poco del desenlace del denominado Gran Premio de la América del Sur, comprendido por 14 etapas, el menor de los hermanos quedó encajado en una zanja. Entonces Aguilucho, firme candidato a ganar esa histórica prueba (llevaba una cómoda ventaja en la general), rompió el cigüeñal de su Ford en el afán de querer liberarlo.
Por tal inconveniente en el motor, su auto fue remolcado para terminar de completar la carrera, pero como esa acción no estaba estipulada en el reglamento al Gálvez mayor lo desclasificaron. Y, por lo tanto, el escolta Domingo Marimón se llevó el primer premio y una buena cantidad de dinero.
Igualmente el piloto del barrio de Caballito, indignado con la sanción recibida, se pudo tomar revancha porque después se quedó con el tramo de vuelta que empezó en Lima y que terminó en la provincia bonaerense.

Los años dorados. Ambos eran imbatibles con el óvalo y dominaban claramente a un compacto lote de corredores que también tenían sus virtudes, pero que quedaban superados por tanta eficacia a la hora de preparar los autos, estudiar la estrategia y coronar el éxito con una conducción impecable.
Entre los dos obtuvieron 14 campeonatos. Juancito consiguió nueve títulos (del ’49 al ’52, del ’55 al ’58 y en el ‘60) y se adjudicó 56 carreras, una cifra que hasta el momento no ha sido superada. Por ese motivo es el piloto con más triunfos en la categoría.
Aguilucho, por su parte, se consagró campeón en cinco oportunidades (1947, 1948, 1953, 1954 y 1961) y actualmente se ubica cuarto en la lista de los más ganadores, con 43 victorias.
Sólo Rodolfo De Alzaga (Ford), en el ’59, pudo alcanzar la corona de la máxima durante esos años dorados para la dupla porteña.

Nuevos rivales. Para comienzos de los años ’60, la hegemonía de los Gálvez ya no era tan abultada como antes. Por ese entonces sorprendían las actuaciones de Dante y de Torcuato Emiliozzi, quienes les habían encontrado la vuelta a sus motores y arrasaban con muy buenos rendimientos.

Tiempos complicados. El accidente que Juan padeció como acompañante de su hermano en Lima, en 1940, no fue el único que enfrentó en su trayectoria. En el GP del ’60, ya como piloto, chocó en una curva tras quedarse sin luz y viendo a través de las del “Sapito” de Marcos Ciani durante 100 kilómetros.
De alguna manera, aquella situación le marcó los inicios de tiempos difíciles a nivel deportivo, ya que en la temporada siguiente apenas participó en una competencia. Y en el ‘62 ganó una carrera de nueve disputadas, la Vuelta de Laboulaye, mientras que Oscar obtuvo en ese mismo año sus últimos dos triunfos.

El trágico final. El 3 de marzo de 1963, en la Vuelta de Olavarría, Juan Gálvez, con 47 años, sufrió un terrible accidente que terminó con su vida, en la vorágine de una competencia que peleaba mano a mano con los hermanos Emiliozzi.
Nunca usaba el cinturón de seguridad por miedo a quedar atrapado en el fuego. Finalmente esa elección resultó fatal: en la ese del Camino de los Chilenos, su cuerpo salió despedido luego de que su Ford número 5 azul con techo rojo diera varios tumbos. En el cementerio de la Chacarita lo lloraron muchísimas personas.
Así culminó también una etapa brillante del TC, con los inolvidables duelos frente a Fangio y ante los Gringos, entre las principales figuras.
Al año siguiente, el 18 de octubre, Oscar disputó su última carrera, en la Vuelta de Junín y al mando de uno de los novedosos Falcon.

El adiós a Aguilucho. El 16 de diciembre de 1989, algunos meses después de que el Autódromo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires fuera bautizado con su nombre, Oscar Alfredo Gálvez falleció a los 76 años, en el medio del silencio de su quebrantada salud.

Sentimientos verdaderos. Los emblemáticos Gálvez dejaron su profunda huella en las indiscutibles estadísticas en estas siete décadas de vida del Turismo Carretera. Y más allá de los fríos números, se ganaron el cariño de miles y miles de individuos que los vieron concretar sus hazañas y que vibraron con sus épicas victorias.
Juan y Oscar fueron símbolos de Ford, pero su incuestionable talento, su valentía y su hombría de bien los hicieron verdaderos íconos del automovilismo argentino. Los dos porteños de pura cepa quedarán latentes en la memoria de la categoría más importante del país y serán recordados por cada uno de los amantes de los motores con mucho amor. Intensamente para siempre.

Por Pablo Medina

2 comentarios:

Soledad Burgos dijo...

ME GUSTÓ LEERTE.
SALUDOS

CALIGULA dijo...

Brillante post. Los Gálvez fueron GRANDES.

Saludos.