martes, 7 de abril de 2009

Una historia para contar

Tras una intensa y calurosa jornada de trabajo, en la que me tocó cubrir la goleada de Argentina 4 a 0 a Venezuela, por las Eliminatorias 2010, mi celular me avisó a las 11 y 26 de la noche que alguien quería decirme algo, justo en el instante en el que mis pies se despedían del césped de la cancha de River. Con el trípode cargado al hombro derecho, más una pesada mochila en la espalda, el cansancio físico y el micrófono en la mano izquierda, se me hacía difícil atender el llamado de manera inmediata, pero igualmente me las rebusqué para enterarme de la noticia.

Entonces le dejé el micrófono al camarógrafo que me acompañaba y con la mano izquierda finalmente agarré el celular, que estaba en el bolsillo derecho de mi jean azul marino. Del otro lado del teléfono era un colega mío que me informaba sobre la cobertura que yo debía realizar al día siguiente: el regreso del club Atlanta a su estadio “Don León Kolbowski”, que había sufrido la inhabilitación durante tres duros e interminables años.

Sinceramente me sorprendió que me dieran ese tipo de acontecimiento para abordar, sobre todo porque en donde trabajo no se suele dar mucha importancia al fútbol del Ascenso. Sin embargo me interesó sobremanera la propuesta y de hecho cuando apenas llegué a mi casa, alrededor de la una de la madrugada, me interioricé en temas bohemios.

Las horas nocturnas transcurrieron velozmente y el despertador, siempre vengativo y odioso, me avisó a las seis de la mañana que había llegado el momento de levantarme. Me fui a bañar para relajarme y despabilarme, me vestí y luego desayuné medio apurado un café con galletitas de agua. Agarré las llaves del Fiat Uno que comparto con mi hermano, puse en marcha el motor y comencé la travesía. Recorrí cuatro cuadras y media, paré en un kiosco para comprar el diario y seguí el camino hacia el canal, ubicado en Beccar.

Una vez allí me junté con el camarógrafo, retiré las acreditaciones de Atlanta y recibí detalladamente la rutina a cumplir: el objetivo era grabar el punto de encuentro de los hinchas del conjunto de Villa Crespo en la intersección de las avenidas Scalabrini Ortíz y Corrientes (se juntaban a las 13) y la posterior caravana hacia la cancha (además de filmar el partido ante Español).

Con el camarógrafo llegamos a destino a las 11.53 de la mañana y, como teníamos bastante tiempo por delante, fuimos a buscar algún lugar tranquilo para almorzar. A las 12.11 nos metimos en un restaurante y nos pedimos unas hamburguesas con papas fritas. Mientras comíamos charlábamos sobre asuntos laborales y también charlábamos sobre nuestras derrotas de hombres nobles, derrotas que muchas veces no son solamente personales, sino que pertenecen a la humanidad entera.

A las 12.47 nos ubicamos en el cruce de las avenidas antes indicadas y de a poco la gente empezaba a acercarse. Los simpatizantes, muchos de ellos socios del club, se presentaban con banderas y vestían orgullosos la camiseta amarilla y azul. Con el paso de los minutos la esquina se colmaba de personas felices y los cantitos de tablón se adueñaban del aire y de los ruidos de tránsito. Todo esto quedó registrado en la cámara, sumado a las notas que les hice a numerosos y emocionados hinchas que, sin lugar a dudas, estaban viviendo un domingo especial.

Cuando mi reloj señaló que eran las dos de la tarde, el grupo de fanáticos comenzó a moverse hacia el estadio y en consecuencia la fiesta se fue desplegando a lo largo de una concurrida Corrientes. Durante dos cuadras grabamos el inicio de la caravana, al toque nos fuimos disparando para el auto del camarógrafo, estacionamos a 100 metros de la cancha y afortunadamente no tuvimos que apurarnos demasiado para apretar REC en el momento de la llegada de los hinchas a su verdadera y única casa.

El sol estaba a pleno y castigaba con sus rayos. Nuestras almas, amenazadas por el fuerte calor, nos pedían de rodillas que compráramos líquido para refrescarlas. Obviamente con el camarógrafo no dudamos un segundo en hacer un parate y decidimos ir a conseguir algo bien frío. No obstante, en dos manzanas a la redonda no vislumbramos ningún negocio o mercado para poder saciar nuestras ansiedades de bajar la alta temperatura corporal. Por ese motivo el fastidio y la desilusión copaban la parada.

Pero de repente el camarógrafo, viejo conocedor de partidos de fútbol y de la vida, se acordó de un almacén al que supo ir en años anteriores y lo celebró como si hubiera conocido otra vez a su mujer. Puedo jurar que también lo celebré intensamente.

Mientras nos trasladábamos hacia el sitio glorioso en donde encontraríamos bebidas heladas y deliciosas nos cruzamos con un muchacho que andaba en cueros y que nos miraba de arriba a abajo. Con el camarógrafo continuamos moviendo las piernas hasta que el muchacho nos paró en seco y preguntó: “¿Van a la cancha a transmitir el partido?”, y nosotros le contestamos que “¡sí!, en un rato vamos a grabarlo, pero no a televisarlo en vivo”.

La respuesta generó una enorme sonrisa en el muchacho, quien contraatacó con otra pregunta: “¿Estuvieron haciendo notas con los hinchas?”. “Sí, sí, hicimos un montón antes de que comenzara la caravana”, contesté con un poco de alivio. “¡Ah, qué buena onda”, soltó el joven que andaba en cueros y agregó: “¿Quieren tener una nota bien copada?”.

“Mirá, ya tenemos bastante material para editar, creo que estamos bien con esto, me imagino que ustedes (por los hinchas) deben estar súper contentos con la vuelta a su estadio, ¿no?”, comenté con la intención de desviar el rumbo de la conversación. Igualmente el muchacho insistió: “En serio les digo, si pueden háganle una nota a mi abuelo, quien está loco por el Bohemio, es imperdible. De paso les damos algo para tomar”.

El camarógrafo me miró y me tiró toda la responsabilidad: “¿La querés hacer o no (la entrevista)?”. Entonces, algo dudoso, acepté y cuestioné: “¿Dónde hacemos la nota?”, y el flaco me devolvió la pared: “En mi casa”.

En ese preciso instante aumentó considerablemente mi preocupación y por dentro me recriminé sin parar: “¿Qué estás haciendo? No vas a aceptar entrar a una casa de una persona que nunca viste en tu vida y sabiendo lo terrible que está la seguridad por estos días ¿no?, si no sos un boludo”. Mientras que en voz alta pronuncié: “¿Te parece, amigo? La hacemos (la nota) acá en la calle mejor”. “Quedate tranquilo, recién terminamos de almorzar, no hay drama”, escucharon mis oídos. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba adentro de la casa, con el camarógrafo, subiendo unas escaleras.

En contraposición a lo que mi mente había sentenciado, el panorama que nos esperaba después de las escaleras fue totalmente alentador. Catorce personas, que felizmente estaban haciendo la sobremesa, nos recibieron en su quincho como si fuéramos familiares directos. Nos convidaron gaseosas y hasta nos querían invitar a comer. Nosotros no podíamos creer tanta amabilidad junta.

El muchacho que andaba en cueros, aquel que nos había propuesto hacer una nota “bien copada”, nos fue presentando a sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus primos y a sus abuelos. El clima en ese quincho era cada vez más noble y cariñoso, cada uno de los integrantes de esa familia nos preguntaba de dónde éramos, en dónde trabajamos, cuándo iba a salir el resumen del partido en el canal. En pocas palabras, y en muy poco tiempo, nos hicieron sentir como uno más de ellos.

Todos estaban ansiosos por describir sus sentimientos futboleros. Entonces, mucho más relajado y lejos de sufrir tensión, empecé a entrevistar al famoso hincha de Atlanta, el abuelo de la casa.

En esa casa mágica, escenario de confianzas y confesiones sobre la cancha y la gente, el abuelo recordó con un sorprendente grado de precisión sus vivencias de pibe en el club de su vida: las travesuras en el barrio con sus amigos de siempre, su admiración por históricos jugadores de Atlanta y los momentos más agradables de su equipo. Y como además en esa casa mágica cabían todas las sinceridades, el abuelo dejó mostrar el lado más tierno de su corazón y expresó emocionado:

“Mirá pibe, ¿querés que te diga una cosa? Hoy es un día muy importante en la vida de Atlanta, este momento lo esperamos muchísimo y no vemos la hora de que el equipo salga a la cancha. Pero hay algo que me hace más feliz aún y es que afortunadamente puedo juntarme todos los domingos con mi familia. Almorzar con ellos, ver crecer a mis hijas, a mis nietos. Eso sí que es impagable...”.

A partir de ahí, no hacía falta decir nada, ya estaba todo dicho. Al abuelo, que se le caían tantas lágrimas por su rostro como historias en un bar, lo fueron a abrazar sus hijas y su esposa, mientras que a mí la angustia me atornillaba el cuello y me tapaba cada uno de los poros de mi cuerpo vencido.

Lamentablemente no había más tiempo para seguir charlando, ya que eran las 15.36 y debíamos continuar con nuestro trabajo (grabar el partido). Agradecimos la atención recibida y nos despedimos de ese maravilloso hogar que, de alguna manera, me permitió sacar tres conclusiones:

1. Así como un día entendí que el problema con una mujer no es tenerla o no tenerla, sino dejar de soñarla, esta vez aprendí que el problema con el fútbol no es jugarlo mejor o peor, sino dejar de imaginarlo. Y desde la imaginación pueden surgir momentos especiales y únicos, que van más allá de un resultado y que dejan enseñanzas muy valiosas.

2. Todavía hay gente buena y eso es estupendo. Todavía se puede confiar. Todavía se puede soñar. Todavía un abrazo vale más que el dinero. Todavía se puede crecer como personas. Todo eso, inevitablemente, permite creer que ciertas batallas y ciertas ideas no están perdidas para siempre, al menos para quienes todavía añoran un mundo mejor.

3. La vida es una mezcla de descubrimientos, pérdidas y recuperaciones, pero, aunque me costó y me cuesta, lo que aprendí es que siempre hay que seguir buscando.

Atlanta finalmente derrotó 3 a 1 a Deportivo Español, en un encuentro correspondiente a la fecha 32 del torneo de Primera B Metropolitana. Sin embargo, este es un dato menor. Lo importante es que a partir de ese partido hubo una historia aparte para contar y que, seguramente, valió la pena conocerla.

Por Pablo Medina

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